El abismo de navegar en internet

¿Qué tienen en común Juan Sandoval Íñiguez y Donald Trump?

A ambos personajes les suspendieron sus cuentas en Twitter por promover noticias que desinforman o por incitar a la violencia.

En las últimas semanas, la lista de personas a las que les han silenciado sus perfiles en redes sociales ha incrementado: artistas, políticos y prominentes representantes del clero se han unido a este club del silencio obligado.

La conversación se abre en distintos frentes: hay argumentos y posturas que defienden y condenan la actuación de estas plataformas, aunque no niegan su poder hegemónico en la sociedad contemporánea.

Para ejemplificar: las estadísticas más recientes indican que hay más de 4 mil millones de internautas en el mundo. De esos: 2 mil 400 millones tienen Facebook y 2 mil millones usan YouTube de manera regular.

Twitter tiene una porción más pequeña en el ciberespacio, cerca de 340 millones de usuarios activos, pero esa red social ha sido clave para muchos personajes públicos, como el expresidente Trump, quien se dice que "gobernaba" a través de la plataforma.

En ese contexto ¿qué implicaciones provoca silenciar la cuenta de un presidente en funciones? ¿Debería establecerse una regulación estatal para que decida, a través de criterios de interés público y de beneficio para el ciudadano, si un mensaje es digno de publicarse o cancelase?

Un tuit dio un giro insólito a la historia democrática de Estados Unidos: la toma del Capitolio por grupos extremistas que apoyaban al expresidente Donald Trump. Ese mensaje que no superaba los 280 caracteres dejó como saldo un acto criminal sin precedentes y cinco muertos.

Hay voces que aplauden la censura de la cuenta y otras que van más allá, como el del gobierno alemán, que fijó una postura muy clara: la libertad de opinión es fundamental para cualquier sociedad, sin embargo, matizó, que ese derecho puede ser moderado "de acuerdo con la ley y dentro del marco definido por los legisladores, no de acuerdo con una decisión de la administración de las plataformas de redes sociales", según el portavoz teutón, Steffen Seibert.

¿Beneficio mutuo?

Durante ya más de una década, tanto las empresas digitales como los  usuarios se han relacionado a través de un provecho mutuo: los internautas han accedido a la esfera pública como nunca antes en la historia y las empresas digitales han utilizado este "boom" para tener cada vez más poder.

"Las redes sociales (en el caso de políticos o personajes prominentes) son grandes escenarios y altavoces para promulgar ideas y generar ganchos con el público, pero los usuarios también hemos abusado de estos espacios digitales sin detenernos mucho a pensar cuál es el precio que se paga; es tiempo de poner un freno, cuestionar a las plataformas y revisar las reglamentaciones", advierte la académica de la Universidad Panamericana, doctora en comunicación y experta en gestión de medios, Ligia García Béjar.

"Aunque las redes sociales no nacieron como medios de comunicación, hacen ya esa labor de divulgación y tenemos que renovar la conversación: en esta evolución que las plataformas han tenido en los últimos años no se ha reflexionado sobre las implicaciones que dejan a la vida diaria y en las consecuencias que provocan en el discurso político".

Las redes sociales se auto definen como empresas tecnológicas, pero no como medios de comunicación, porque según ellas no producen contenidos o editorializan, pero en términos informativos sí son medios de comunicación, porque en ellas se produce y circula información para las sociedades a nivel global, desde ahí se construye parte de la agenda pública, manifiesta Ábrego.

"El algoritmo de las redes sociales es una forma de editorializar, de cuadrar la información; es una forma de crear agenda, de orientar la discusión pública; que estos procesos sean automatizados no los hace neutrales", reflexiona Ábrego.

Independientemente de quién regule los mensajes, el usuario tiene un gran poder: puede inconformarse con las condiciones de uso, como ocurrió ya con WhatsApp que debió revisar sus últimas reglas porque usuarios consideraban que había una violación a su privacidad y ante ello se provocó un éxodo masivo de usuarios hacia la aplicación de mensajería Telegram.

Los usuarios también pueden contrastar la información, acudir a las fuentes primarias, añadir otras cuentas que tengan incluso posiciones encontradas, puede verificar datos fuera de las redes y no replicar información falsa, completa Ábrego.

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