“Juventud, divino tesoro...”, escribió el poeta nicaragüense, Rubén Darío, haciendo referencia a esa preciada etapa de la vida, tan compleja y peculiar a la vez.

¿Y por qué platicamos de esto? Permítame explicarle por qué. En el condado de Yakima convivimos a diario más de 249 mil personas, según estima el más reciente reporte del Censo de los Estados Unidos. Si confíamos en esas cifras, nos daremos cuenta que casi el 30 por ciento de la población es menor de 18 años, es decir, estamos rodeados de jóvenes y niños.

Las estadísticas muestran un futuro prometedor para el Valle de Yakima, si de número de población se trata. A diferencia de ciudades europeas podríamos decir que estamos en la gloria.

Sin embargo, si uno de cada 3 habitantes en el condado es un joven o un niño, este sería un buen momento para reflexionar sobre lo que estamos haciendo, como sociedad, para ofrecer a estos jóvenes un presente y futuro estables.

Los cimientos que forman ciudadanos con las herramientas para salir adelante en la vida y aportar a la sociedad se crean en los hogares, aseguran especialistas.

Al hablar sobre el aporte familiar en nuestras vidas, me acordé que hace un par de semanas alguien me preguntó en dónde se encontraban los padres de los jóvenes que están en problemas. Hace unos meses, recibí una llamada telefónica de alguien que me pidió que tradujera notas periodísticas del crimen en Yakima para que los padres que hablan español tuvieran conocimiento de lo que ocurría. Hace un año, yo misma me preguntaba en dónde estaban los padres de los niños que caminaban solos a la escuela, de los que regresaban solos a casa después del colegio, de los niños que cuidaban a sus hermanitos y tomaban la responsabilidad de ser padres por unas horas.

Primero, quiero decirles que no tuve una respuesta idónea para esas preguntas. Segundo, las traducciones de notas las realizamos con la mayor frecuencia que podemos, no sólo para informar a los padres sino a toda nuestra audiencia.

Aún hoy carezco de una respuesta exacta a esas preguntas. Sólo cuento con la evidencia de estadísticas y notas periodísticas que reflejan el requerimiento de más atención y empeño en la juventud y la niñez.

La cifra de tiroteos en Yakima no es una sorpresa para muchos de nosotros, lo que sí debería alertarnos es la cantidad de jóvenes involucrados en éstos. Como el más reciente ejemplo, un joven de 17 años de edad, acusado de homicido en primer grado y con una multa de un millón de dólares.

Los suicidios entre jóvenes son otro foco de alerta. En 2017, cinco adolescentes — entre 19 años de edad o menores — se quitaron la vida en el condado.

A nivel nacional, los tiroteos en escuelas fueron protagonizados por jóvenes. El acoso aumentó en las redes sociales y en la interacción entre estos grupos.

Por supuesto, no todo es negativo en estas historias y las de otros jóvenes. En el Valle de Yakima también tenemos estudiantes y deportistas destacados, con ánimo de seguir sus estudios universitarios, de cursar una maestría o un doctorado o de aprender un oficio; de destacar en un deporte; desarrollar sus talentos o abrir su propio negocio, etc.

Entonces, ¿Qué hace que unos piensen de una forma o de otra? ¿Cuál es el secreto del éxito o fracaso social de unos y otros? Creo que no existe una fórmula mágica. Depende de muchos factores, de sus padres, de sus hermanos, de sus amigos, de sus vecinos, de sus maestros, de sus líderes, de sus vivencias, circunstancias, talentos, disciplina, dedicación, oportunidades, entre muchos otros factores. Pero también de la sociedad entera.

Por eso es válido preguntarnos: ¿En dónde nos encontramos como comunidad y qué estamos haciendo por los jóvenes y los niños?

Para aportar no se necesita ser un erudito en una materia, ni un experto en la ciencia, se requiere tener el deseo y el empeño de querer ayudar y marcar la diferencia en las vidas de los jóvenes y los niños. ¿Usted qué piensa?

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