Caída de redes sociales

Hace una semana el mundo cibernético dio un giro de 180 grados. Las plataformas de redes sociales más importantes, como Facebook, Messenger, WhatsApp e Instagram, tuvieron problemas en sus sistemas, sufrieron “la peor caída de servicio de toda su historia”, reportaba la BBC.

En total se calcula que 2 mil 300 millones de usuarios en todo el mundo se vieron afectados. Si se compara esta cifra con la población total de Estados Unidos, se podría decir que tendría que multiplicarse este país siete veces para imaginar esa cantidad de gente junta.

La frustración que provocó la larga interrupción del servicio de estas redes sociales no se hizo esperar. Muchos usuarios hicieron pública su queja una vez que se restablecieron los servicios.

Otros lo vieron de manera cómica, y en cierta forma, reflexiva. De los famosos ‘memes’, que ya forman parte del lenguaje diario y la vida cotidiana, resalta uno que decía: “Madre a hija llevaban meses sin verse, solo se comunicaban a través de Facebook y WhatsApp. Hoy con la caída de las redes, descubrieron que vivían en la misma casa”.

Y justo esa última parte del párrafo es la que llama la atención. ¿Cuántas veces nos hemos comunicado dentro de nuestro hogar con mensajes de texto o Messenger?, ¿cuántas ocasiones le decimos a un ser querido cuánto lo amamos a través de Facebook o Instagram?, ¿cuántas ocasiones le deseamos feliz cumpleaños a un familiar en una red social antes que en persona?, ¿cuántas veces hemos sido tan fríos que nos conformamos con un mensaje en un aparato electrónico para demostrar a alguien que es importante en nuestra vida?

Esta caída de las redes sociales, sin duda, nos deja una lección: es momento de voltear a ver lo que realmente vale, de mirar al ser hu­-

mano que está a un lado de nosotros.

De regresar a esos momentos de plática en persona con nuestra familia; a esas conversaciones con nuestros hijos, de cómo te fue en tu día, de si tienes tarea o de si estás atorado en un tema de la escuela, de qué tal tus amigos; de esas caminatas en pareja o en familia, con seres queridos o con amigos; de esa comunicación real que caracteriza al ser humano.

Y que ahora, con la compañía de la primavera en el Valle de Yakima, estos momentos podrían darse más fácil.

Después de un largo invierno, que contagió a varios de soledad, y a veces, de tristeza. Ahora estamos viendo de regreso los días soleados, llenos de esperanza y de nuevas ilusiones. Son días que se prestan muy bien para una caminata en familia; para organizar esos días de campo rodeados de familiares y amigos en parques públicos del condado; para ‘armar’ una de esas carnes asadas en el jardín de la casa; para salir a hacer ejercicio; para disfrutar de la hermosa naturaleza que, entre senderos y sembradíos, nos da este valle.

Este es el tiempo de dejar de lado, aunque sea por ratos, la vida cibernética que cada día nos absorbe más. La sugerencia, mejor dicho, no sería dejarla del todo, sino restarle importancia para regresar el valor a lo que realmente vale en nuestras vidas. Usted decide a dónde o en quién coloca ese valor.

Los que han sabido balancear la vida cibernética y la vida no virtual, no tienen de que preocuparse, continúen haciendo lo que es parte de su vida diaria.

Solo como dato final, en nuestro planeta todavía hay más personas que aun no están conectadas a las redes sociales, que siguen su vida en lo que en las sociedades ‘modernas’ podrían definir como un retraso meramente digital.

El mundo, arrojan las estadísticas del sitio de internet del Censo de Estados Unidos, tiene una población total de más de 7 mil millones de habitantes, un número todavía mayor que los 2 mil 300 millones de usuarios que se quedaron incomunicados en el mundo digital el miércoles pasado.

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