Guadalquivir

Muchos buscan la 'selfie' en los puentes del Guadalquivir. Los más básicos saben que la colorida Plaza de España es una parte importante de la ciudad. Pero otros se quedan sin aliento cuando en la travesía se topan con un sitio de excepción capaz de provocar el pasmo y la fascinación.

"¡Bienvenidos al Barrio de Santa Cruz, donde cuelgan cientos de naranjas amargas!", exclama Loreta, señora de 67 años que vende imanes en uno estos callejones.

Y sí. Esta especie de ciudadela ornamentada por tales frutos brilla por sí misma y -valga el término- tiene personalidad propia, como si fuese una de las bellas hijas de la gran Sevilla, pero al mismo tiempo la que menos se le parece.

Tesoro de calles estrechas y hermosas plazuelas donde, dicen, los foráneos "fácilmente se pierden" y los locales inflan orgullosos el pecho porque muchas de las moradas restauradas del lugar suman ocho siglos.

"El barrio es enorme y cuenta con una uniformidad notable en los colores de las casas. La gente vive aquí por herencia, como si todos fueran parte de un gran monumento. Muchos de los dueños de las casas con patios grandes permiten que los curiosos se asomen pues se sienten orgullosos de sus terrenos", dice José Antonio, nuestro veterano guía, en referencia a los tonos amarillentos, cafés y blancos de cada una de las construcciones cuya elevación y cercanía, una de otra, tiene un porqué.

"Se construyeron así para dar sombra y que la gente no se sofocara con el calor de ciertas épocas del año. Por esa misma razón en el barrio pululan las fuentes, una herencia árabe. El barullo del agua es para refrescarnos, para estar tranquilos con el espíritu".

Una de las plazas a la que todos apuntan acá es la de Doña Elvira, apacible rincón en el que justamente las naranjas amargas son testigos mudos, el correr del agua acompaña la calma y la voz de uno que otro vecino resuena al otro lado de las paredes.

"La plaza de Doña Elvira ha inspirado canciones y libros. José Feliciano cantó al respecto", comenta el guía sin especificar que refiere a la canción "Dos Cruces" (1971).

"Podemos ver también que todas las casas tienen hierro en las ventanas. Esto era para que los enamorados meramente hablaran, pero sin riesgos. Era romance limitado, era amor entre barandas", añade.

Nadie debe dejar esta entrañable porción de la ciudad andaluza sin recorrer la Calle del Agua, donde es muy factible que un músico urbano rasgue las cuerdas de su guitarra mientras uno camina.

Y para cerrar el recorrido de este día, a unos metros del Barrio de Santa Cruz queda el Real Alcázar de Sevilla, también conocido como Reales Alcázares porque en realidad se trata de un gran complejo palaciego ubicado a pocos metros del barrio.

"El Alcázar tiene objetos romanos, árabes y cristianos. Es la segunda casa oficial del rey y la reina, y tiene relación directa con América, puesto que algunos navegantes como Colón o Magallanes organizaban ahí sus expediciones".

Ciudad guapa

Los naranjos hacen de Sevilla una ciudad guapa, pero también perfumada, especialmente durante marzo y abril. Porque, como bien dicen los que aquí residen, tal cantidad de árboles ornamentales colorean e impregnan el ambiente de un olor único. Casi hay consenso cuando mencionan que hay más de 40 mil naranjos decorando esta ciudad andaluza.

Eso sí, hablamos de una inmensa mayoría de naranjas de sabor amargo, y el truco para distinguirlas de las dulces está en que la primera tiene dos hojas en la misma rama, mientras que la segunda solamente una.

Curiosamente, el consumidor por excelencia de la naranja amarga de Sevilla es Inglaterra, donde se termina fabricando la famosa mermelada que se sirve en los desayunos de los británicos.

Ya en la exageración de los mitos, no son pocos los que aseguran que la mismísima reina Isabel II es una fanática de dicha mermelada.

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